LECCIÓN: CONOCEMOS NUESTRA PECAMINOSIDAD CUANDO NOS COMPARAMOS CON DIOS, NO CON LOS HOMBRES
VERSÍCULO PARA MEMORIZAR:
“Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Ver. 5).
COMENTARIO HISTÓRICO.
La visión del capítulo seis, ocurrió el año que murió Uzías (735 a. C.), cuando el profeta tendría entre veinte a veinticinco años. Muchos estudiosos bíblicos, aseguran erróneamente que este fue el año que Isaías fue llamado al ministerio. Sin embargo, este episodio ocurre cuando Isaías estaba dudando de su misión: “¿Debía renunciar descorazonado a su misión y abandonar a Judá en su idolatría? ¿Habrían de gobernar la tierra los dioses de Nínive, en desafío del Rey de los cielos? Pensamientos como éstos embargaban a Isaías mientras se hallaba bajo el pórtico del templo. De repente la puerta y el velo interior del templo parecieron alzarse o retraerse, y se le permitió mirar al interior, al lugar santísimo” (PR 228).
Cuando Isaías ve la majestuosa gloria de Dios, declara pecador, por esa razón debemos COMPARARNOS CON DIOS, NO CON LOS HOMBRES. Cuando comparamos nuestra conducta con los otros hermanos, hermanas y dirigentes de iglesia, podríamos llegar a la conclusión que solo nos “faltan las alas para ir al cielo”. Sin embargo, el desafío para hoy es: comparar nuestra justicia con la de Dios, nuestra pecaminosidad con la santidad de Dios, nuestras palabras con las palabras de Dios. Así reconoceremos que somos pecadores.
CITA SELECTA.
“Se le presentó una visión de Jehová sentado en un trono elevado, mientras que el séquito de su gloria llenaba el templo: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3), hasta que el sonido parecía estremecer las columnas y la puerta de cedro y llenar la casa con su tributo de alabanza. Mientras Isaías contemplaba esta revelación de la gloria y majestad de su Señor, se quedó abrumado por un sentido de la pureza y la santidad de Dios. ¡Cuán agudo contraste notaba entre la incomparable perfección de su Creador y la conducta pecaminosa de aquellos que, juntamente con él mismo, se habían contado durante mucho tiempo entre el pueblo escogido de Israel! (PR 228).
ORACIÓN:
DIOS NUESTRO, AL LEER ESTA VISIÓN, EXCLAMAMOS COMO ISAÍAS QUE SOMOS PECADORES, TE CONFESAMOS QUE TENEMOS PENSAMIENTOS IMPUROS Y NUESTROS ACTOS SON PECAMINOSOS. TE PEDIMOS QUE LA SANGRE DE CRISTO NOS LIMPIE DE PECADO. POR JESÚS, AMÉN.